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¿Y ahora qué hacemos? Esa es la reacción que esperan los directivos de una organización por parte de la totalidad de su plantilla cuando ejercen un liderazgo basado en la cultura del miedo. Exponiendo públicamente de manifiesto el castigo o sanción a algún miembro del equipo que levanta la mano y expresa con toda libertad y coherencia una actitud y pensamiento crítico ante determinadas estrategias de la organización altamente cuestionables y que rozan la ilegalidad. 

NO, NO SOMOS LOS PERROS DE PAULOV. Estar por encima del bien y del mal con un liderazgo autoritario y hostil tiene los días contados. El liderazgo en valores es cada vez más solicitado por el talento, y los liderazgos prepotentes y sin sentido se van a encontrar con un gran problema a la hora de atraer talento a sus organizaciones.  

Estar en el mercado y ser competitivo es contar con los mejores, con los que te plantean  posibilidades diferentes, los que con una actitud y pensamiento crítico llevan a las  organizaciones a la innovación, al crecimiento y al tan ansiado éxito que persiguen todos los negocios.  

El talento, siempre encontrará hueco en un mercado emergente en procesos de  transformación y cambio. La respuesta para ser un buen candidato de organizaciones que  valen la pena y que asegurarán su permanencia en este entorno VUCA que nos rodea, es seguir siendo fiel a sus principios y valores. Es el precio de la coherencia; de ser, estar y hacer, y donde los valores y principios para la empresa en la que trabajas sean afines al propósito de tu desarrollo personal y profesional. 

Cuando el talento levanta la mano y lucha contra la ilegalidad y toma de decisiones  desmedidas e injustas, siempre corre el riesgo de que la calumnia le acompañe. Esa es la  contrapartida y el golpe de efecto de empresas arcaicas con un liderazgo autoritario donde la  autocrítica no entra ni en su misión, ni visión, ni siquiera en los cuestionables valores que  suelen manifestar en la página web donde se publicitan y ofrecen sus servicios. 

La realidad empresarial demanda otra onda, otra frecuencia diferente a la que pretenden los  que asemejan un equipo de trabajo al pelotón de un ejército obligado a cometer ciertos actos en contra de su voluntad y que, además, son cuestionables moralmente hablando. La caja de Paulov, donde todos los comportamientos y conductas, así como las reacciones ante determinados estímulos están aprendidos y medidos, empieza a tambalearse y en poco tiempo dejará de existir. 

Millenials, Centelians y hasta la generación X demandan valores, crecimiento y desarrollo, que por otro lado, la cultura del miedo no ofrece. Las nuevas generaciones expresan y replican. 

Y sí, esto es el futuro del trabajo, poner a las personas en el centro de todo. Sin personas no hay empresa, así que, no le des más vueltas y dale una pensada a tu estrategia si las normas de tu juego es convertir a tu plantilla en una auténtica cadena de producción.

Es aquí donde la frase de Sócrates cobra más sentido que nunca; 

“Cuando el debate se ha perdido, la calumnia es la herramienta del perdedor”. 

El tiempo pone todo y todos en su sitio. Actitudes y comportamientos tales como los descritos solo dan como resultado la prensa que se merecen. Cuando el talento alza la voz y no hay debate en su argumento, el directivo pierde, y la calumnia es la única herramienta de feedback que conoce para bloquear aquellos mensajes y realidades de la empresa que puedan traspasar los umbrales de su control y que, si son conocidos por el exterior, perderían su reputación para siempre. 

La profesionalidad y el honor es un derecho fundamental que se demuestra con hechos. No se dice, ni se muestra, se demuestra. Pero si es atacado, lo coherente es denunciarlo y luchar por una integridad personal y profesional exhaustiva que todos deberíamos tener y defender. 

Ladrones de la verdad y delincuentes de almas que maquillan la mentira con apariencia, solo son eso. La respuesta cobarde ante la falta de argumentos cuando el talento da un paso al frente. 

Todo en esta vida tiene consecuencias, asumirlas es parte de la vida, y reaccionar y dar  respuesta ante ellas, es un deber, además de un derecho fundamental. 

Jugar con el miedo es una estrategia arcaica y cruel en peligro de extinción, y todas esas  organizaciones que el único método que tienen para retener (porque no son capaces de  atraer) están condenadas a desaparecer.  

Muchas son las cosas que han pasado y que hemos superado en estos casi dos últimos años. La mayoría de las personas ya no tienen miedo, han superado situaciones dolorosas, muertes, separaciones, y experiencias que los ha nutrido del valor necesario para afrontar situaciones que ni locos pensaban que superarían. 

Por ello, cuando la realidad supera la ficción, el miedo deja de existir y se asienta tu propósito con la consistencia y fortaleza de no ser zarandeado por amenazas y estrategias donde la cultura del miedo es la bandera. 

El miedo se carga la racionalidad del individuo y pretende convertir a las personas en animales; sin personalidad, sin juicio y sin pensamiento crítico. Es cierto que el miedo es un arma muy  poderosa que bloquea mentes, trabaja la inercia y por supuesto se contagia de tal manera que mutila la libertad de los equipos, llevándolos a generar ambientes insanos y repletos de hostilidad. 

“En los años 80 el doctor Deming descubre la pérdida económica y de cultura en las  organizaciones por causa del miedo de la plantilla de trabajadores. Según Deming (1989), el miedo tiene un alto precio en las organizaciones, ya que despoja a los trabajadores de su orgullo, los hiere y los priva de la oportunidad para contribuir en las metas organizacionales.” 

Pero ese, el miedo, no siempre es una emoción que quien intenta instalarlo en un entorno laboral, resulta con [email protected] los empleados que conforman la organización.

¡Señores!, hay un antes y un después de la COVID 

Las personas no somos los perros de PAULOV. Aunque todavía algunos directivos de  organizaciones que gestionan equipos como si fuesen dictadores, confíen en que la campanilla nos va a hacer salivar como si fuésemos borregos y sin importarnos la incoherencia del sonido  del artilugio utilizado, las cosas han cambiado y las personas también. Y es aquí, cuando la reacción no es la esperada y la ley del aprendizaje operante deja de cumplirse.

Es en ese momento cuando la ira, la calumnia y la falta de respeto del que hace experimentos de principios del siglo pasado, se pierde por completo y deja de parecer para ser, para ser aquél o aquellos que siempre ha o han sido, pero sin la máscara veneciana que los cubría. 

Tratando de gestionar emociones, gestionas situaciones, pero… COHERENCIA señores, esa es la que te da la integridad y el valor como persona y por ende como profesional.

Tribuna firmada por Vanesa Martín-Caro Arellano, consultora y experta en Recursos Humanos