25 C
Los Angeles
miércoles, julio 17, 2024

Feed suspended! Please contact the owner.

Inoreader Pro plan is required to export...

“Ha llegado lo que Honduras y su democracia anhela”

Tras la llegada y juramentación del diputado,...

El Bunbury menos errante arrasa y revive como el ave fénix

DAVID RAUDALES BLOGEl Bunbury menos errante arrasa y revive como el ave fénix

Pasadas las diez y veinte de la noche del sábado, un si menor de guitarra reconocible por varias generaciones de fans de Héroes del Silencio iluminó la noche madrileña como un relámpago. Era el comienzo reconocible de Entre dos tierras surgido de las entrañas del Wizink Center, una de las canciones más importantes de la música en español a uno y otro lado del Atlántico, esa pieza con la que muchos aficionados del rock and roll dejan lo que sea que estén haciendo para saltar a la pista, para dejar una conversación a medias y acometer un escorzo de air guitar, para doblar las rodillas y echar el cuerpo atrás y dejarse atrapar por el éxtasis durante más de seis minutos, da igual la edad y condición.

Sin retoques latinos, sin giros de cumbia o bachata o de cualquiera de las variaciones de ritmos latinoamericanos con los que el maño haya experimentado en los últimos veinte años, Entre dos tierras sonó a la original, la que encumbró a la banda de rock más influyente de España durante poco más de diez años de vida. Uno cerraba los ojos y recordaba a Juan Valdivia, a Joaquín Cardiel, a Pedro Andreu y a Enrique Bunbury en aquella despedida multitudinaria de la gira de regreso en 2007.  Pasadas las diez y veinte de la noche, Bunbury logró por fin alcanzar con el público idéntica eucaristía a la lograda entre HDS y los aficionados con el logo de su antigua banda tatuado en el brazo.

Image ID:
104616651
Concierto de Enrique Bunbury en Madrid.
EFE
/clip/322ecb29-5e7a-49f5-8dec-5308c608cb27_source-aspect-ratio_default_0.jpg
5742
3707

El aragonés se atrevió a abrir el Wizink a la totalidad del aforo. 17.000 personas abrazaron su regreso como testigos de ese momento en que la actuación de Bunbury se convirtió en algo importante, histórico, memorable, para el recuerdo, un ‘yo estuve allí’ que se perderá en la noche de los tiempos y la memoria. «Yo pensaba que esto no volvería a ocurrir», admitió el zaragozano, más empático que nunca, tocado de la humildad de quien ha visto las orejas al lobo y ya está libre de aquella primera arrogancia de juventud.

Tras dos años de parón por problemas de garganta y una minigira americana en dos fases (cinco conciertos en invierno y seis en verano, incluidos los dos únicos en España de Madrid y Zaragoza, éste el próximo 6 de julio), el aragonés resultó menos errante que nunca en su particular extranjero que para él es cualquier parte y ninguna. Pletórico de voz y actitud y en su condición de mejor frontman del rock en español, cualidad que no ha perdido en dos años, Bunbury arrasó en el Wizink. Pueden poner los superlativos que consideren o rebajarlos si quieren, pero el aragonés y sus Santos Inocentes, con la incorporación de la cantante zaragozana Erin Memento, que otorga calidez a los coros y aporta a los teclados un poso vintage de los antiguos Farfisa, tocó el techo de sus actuaciones en directo a la espera de llenar La Romareda, que puede convertirse en la apoteosis.

Un concierto muy rockero, muy de Álvaro Suite y Jordi Mena, las dos guitarras de Los Santos Inocentes, con menos concesiones que nunca a la influencia de ritmos latinoamericanos. Muy rockero y muy reivindicativo. Sensible a la polarización, a los bulos, a las noticias falsas y al gallinero en que se ha convertido el debate público, el repertorio de esta minigira es de esos que pretenden abrir los ojos al respetable. Tras comenzar con Nuestros mundos no obedecen a tus mapas, de su último trabajo, Greta Garbo, Bunbury se despachó de tirón con Cuna de Caín, Despierta y Hombre de acción, avisándonos del peligro de amodorrarnos ante la situación política más enmarañada de los últimos tiempos. En el turno de bises caería más tarde Parecemos tontos.

A lo largo de dos horas de actuación, el cantante sirvió un repertorio extraído de nueve de sus doce álbumes de estudio (dejó fuera su primer trabajo en solitario, Radical Sonora, el disco de versiones Licenciado Cantinas, y uno de los dos álbumes del año de la pandemia, Curso de levitación intensiva).

El regreso a los escenarios del maño se sostiene sobre su último álbum y sobre Expectativas, de 2007, y en menor medida sobre tres clásicos de HDS, la citada Entre dos tierras, Maldito duende y esa joya versionada de Más Birras titulada Apuesta por el rock and roll. Merece la pena destacar la interpretación de El rescate, un clásico de sus actuaciones, soberbia en su puesta en escena, así como de El extranjero, en absoluta complicidad con el público, y De todo el mundo, esa asunción de que la estrella del rock trasciende a la propiedad de sus seres cercanos para convertirse en parte de la vida del público. Otro de los momentos formidables del show, llegados casi al final, fue Infinito, la historia de todas las historias de amor que comienzan o acaban cuando no deben, según se mire. Como colofón, Bunbury recuperó Y al final, ese vals soberbio con que se cerraba Flamingos (2002), su disco más celebrado, el que confirmó su enorme crédito como artista en solitario y corroboró que había vida más allá de Héroes. Algo muy importante ocurrió la noche del sábado en Madrid. Mala suerte para quienes se lo perdieron. El resto podrá presumir el resto de su vida de haber visto al ave fénix resurgido de las cenizas.

Pasadas las diez y veinte de la noche del sábado, un si menor de guitarra reconocible por varias generaciones de fans de Héroes del Silencio iluminó la noche madrileña como un relámpago. Era el comienzo reconocible de Entre dos tierras surgido de las entrañas del Wizink Center, una de las canciones más importantes de la música en español a uno y otro lado del Atlántico, esa pieza con la que muchos aficionados del rock and roll dejan lo que sea que estén haciendo para saltar a la pista, para dejar una conversación a medias y acometer un escorzo de air guitar, para doblar las rodillas y echar el cuerpo atrás y dejarse atrapar por el éxtasis durante más de seis minutos, da igual la edad y condición.

Sin retoques latinos, sin giros de cumbia o bachata o de cualquiera de las variaciones de ritmos latinoamericanos con los que el maño haya experimentado en los últimos veinte años, Entre dos tierras sonó a la original, la que encumbró a la banda de rock más influyente de España durante poco más de diez años de vida. Uno cerraba los ojos y recordaba a Juan Valdivia, a Joaquín Cardiel, a Pedro Andreu y a Enrique Bunbury en aquella despedida multitudinaria de la gira de regreso en 2007.  Pasadas las diez y veinte de la noche, Bunbury logró por fin alcanzar con el público idéntica eucaristía a la lograda entre HDS y los aficionados con el logo de su antigua banda tatuado en el brazo.

Image ID:
104616651
Concierto de Enrique Bunbury en Madrid.
EFE
/clip/322ecb29-5e7a-49f5-8dec-5308c608cb27_source-aspect-ratio_default_0.jpg
5742
3707

El aragonés se atrevió a abrir el Wizink a la totalidad del aforo. 17.000 personas abrazaron su regreso como testigos de ese momento en que la actuación de Bunbury se convirtió en algo importante, histórico, memorable, para el recuerdo, un ‘yo estuve allí’ que se perderá en la noche de los tiempos y la memoria. «Yo pensaba que esto no volvería a ocurrir», admitió el zaragozano, más empático que nunca, tocado de la humildad de quien ha visto las orejas al lobo y ya está libre de aquella primera arrogancia de juventud.

Tras dos años de parón por problemas de garganta y una minigira americana en dos fases (cinco conciertos en invierno y seis en verano, incluidos los dos únicos en España de Madrid y Zaragoza, éste el próximo 6 de julio), el aragonés resultó menos errante que nunca en su particular extranjero que para él es cualquier parte y ninguna. Pletórico de voz y actitud y en su condición de mejor frontman del rock en español, cualidad que no ha perdido en dos años, Bunbury arrasó en el Wizink. Pueden poner los superlativos que consideren o rebajarlos si quieren, pero el aragonés y sus Santos Inocentes, con la incorporación de la cantante zaragozana Erin Memento, que otorga calidez a los coros y aporta a los teclados un poso vintage de los antiguos Farfisa, tocó el techo de sus actuaciones en directo a la espera de llenar La Romareda, que puede convertirse en la apoteosis.

Un concierto muy rockero, muy de Álvaro Suite y Jordi Mena, las dos guitarras de Los Santos Inocentes, con menos concesiones que nunca a la influencia de ritmos latinoamericanos. Muy rockero y muy reivindicativo. Sensible a la polarización, a los bulos, a las noticias falsas y al gallinero en que se ha convertido el debate público, el repertorio de esta minigira es de esos que pretenden abrir los ojos al respetable. Tras comenzar con Nuestros mundos no obedecen a tus mapas, de su último trabajo, Greta Garbo, Bunbury se despachó de tirón con Cuna de Caín, Despierta y Hombre de acción, avisándonos del peligro de amodorrarnos ante la situación política más enmarañada de los últimos tiempos. En el turno de bises caería más tarde Parecemos tontos.

A lo largo de dos horas de actuación, el cantante sirvió un repertorio extraído de nueve de sus doce álbumes de estudio (dejó fuera su primer trabajo en solitario, Radical Sonora, el disco de versiones Licenciado Cantinas, y uno de los dos álbumes del año de la pandemia, Curso de levitación intensiva).

El regreso a los escenarios del maño se sostiene sobre su último álbum y sobre Expectativas, de 2007, y en menor medida sobre tres clásicos de HDS, la citada Entre dos tierras, Maldito duende y esa joya versionada de Más Birras titulada Apuesta por el rock and roll. Merece la pena destacar la interpretación de El rescate, un clásico de sus actuaciones, soberbia en su puesta en escena, así como de El extranjero, en absoluta complicidad con el público, y De todo el mundo, esa asunción de que la estrella del rock trasciende a la propiedad de sus seres cercanos para convertirse en parte de la vida del público. Otro de los momentos formidables del show, llegados casi al final, fue Infinito, la historia de todas las historias de amor que comienzan o acaban cuando no deben, según se mire. Como colofón, Bunbury recuperó Y al final, ese vals soberbio con que se cerraba Flamingos (2002), su disco más celebrado, el que confirmó su enorme crédito como artista en solitario y corroboró que había vida más allá de Héroes. Algo muy importante ocurrió la noche del sábado en Madrid. Mala suerte para quienes se lo perdieron. El resto podrá presumir el resto de su vida de haber visto al ave fénix resurgido de las cenizas.

 Pasadas las diez y veinte de la noche del sábado, un si menor de guitarra reconocible por varias generaciones de fans de Héroes del Silencio iluminó la noche madrileña como un relámpago. Era el comienzo reconocible de Entre dos tierras surgido de las entrañas del Wizink Center, una de las canciones más importantes de la música en español a uno y otro lado del Atlántico, esa pieza con la que muchos aficionados del rock and roll dejan lo que sea que estén haciendo para saltar a la pista, para dejar una conversación a medias y acometer un escorzo de air guitar, para doblar las rodillas y echar el cuerpo atrás y dejarse atrapar por el éxtasis durante más de seis minutos, da igual la edad y condición. Sin retoques latinos, sin giros de cumbia o bachata o de cualquiera de las variaciones de ritmos latinoamericanos con los que el maño haya experimentado en los últimos veinte años, Entre dos tierras sonó a la original, la que encumbró a la banda de rock más influyente de España durante poco más de diez años de vida. Uno cerraba los ojos y recordaba a Juan Valdivia, a Joaquín Cardiel, a Pedro Andreu y a Enrique Bunbury en aquella despedida multitudinaria de la gira de regreso en 2007.  Pasadas las diez y veinte de la noche, Bunbury logró por fin alcanzar con el público idéntica eucaristía a la lograda entre HDS y los aficionados con el logo de su antigua banda tatuado en el brazo. Image ID: 104616651 Concierto de Enrique Bunbury en Madrid. EFE /clip/322ecb29-5e7a-49f5-8dec-5308c608cb27_source-aspect-ratio_default_0.jpg 5742 3707El aragonés se atrevió a abrir el Wizink a la totalidad del aforo. 17.000 personas abrazaron su regreso como testigos de ese momento en que la actuación de Bunbury se convirtió en algo importante, histórico, memorable, para el recuerdo, un ‘yo estuve allí’ que se perderá en la noche de los tiempos y la memoria. «Yo pensaba que esto no volvería a ocurrir», admitió el zaragozano, más empático que nunca, tocado de la humildad de quien ha visto las orejas al lobo y ya está libre de aquella primera arrogancia de juventud.Tras dos años de parón por problemas de garganta y una minigira americana en dos fases (cinco conciertos en invierno y seis en verano, incluidos los dos únicos en España de Madrid y Zaragoza, éste el próximo 6 de julio), el aragonés resultó menos errante que nunca en su particular extranjero que para él es cualquier parte y ninguna. Pletórico de voz y actitud y en su condición de mejor frontman del rock en español, cualidad que no ha perdido en dos años, Bunbury arrasó en el Wizink. Pueden poner los superlativos que consideren o rebajarlos si quieren, pero el aragonés y sus Santos Inocentes, con la incorporación de la cantante zaragozana Erin Memento, que otorga calidez a los coros y aporta a los teclados un poso vintage de los antiguos Farfisa, tocó el techo de sus actuaciones en directo a la espera de llenar La Romareda, que puede convertirse en la apoteosis.Un concierto muy rockero, muy de Álvaro Suite y Jordi Mena, las dos guitarras de Los Santos Inocentes, con menos concesiones que nunca a la influencia de ritmos latinoamericanos. Muy rockero y muy reivindicativo. Sensible a la polarización, a los bulos, a las noticias falsas y al gallinero en que se ha convertido el debate público, el repertorio de esta minigira es de esos que pretenden abrir los ojos al respetable. Tras comenzar con Nuestros mundos no obedecen a tus mapas, de su último trabajo, Greta Garbo, Bunbury se despachó de tirón con Cuna de Caín, Despierta y Hombre de acción, avisándonos del peligro de amodorrarnos ante la situación política más enmarañada de los últimos tiempos. En el turno de bises caería más tarde Parecemos tontos. A lo largo de dos horas de actuación, el cantante sirvió un repertorio extraído de nueve de sus doce álbumes de estudio (dejó fuera su primer trabajo en solitario, Radical Sonora, el disco de versiones Licenciado Cantinas, y uno de los dos álbumes del año de la pandemia, Curso de levitación intensiva).El regreso a los escenarios del maño se sostiene sobre su último álbum y sobre Expectativas, de 2007, y en menor medida sobre tres clásicos de HDS, la citada Entre dos tierras, Maldito duende y esa joya versionada de Más Birras titulada Apuesta por el rock and roll. Merece la pena destacar la interpretación de El rescate, un clásico de sus actuaciones, soberbia en su puesta en escena, así como de El extranjero, en absoluta complicidad con el público, y De todo el mundo, esa asunción de que la estrella del rock trasciende a la propiedad de sus seres cercanos para convertirse en parte de la vida del público. Otro de los momentos formidables del show, llegados casi al final, fue Infinito, la historia de todas las historias de amor que comienzan o acaban cuando no deben, según se mire. Como colofón, Bunbury recuperó Y al final, ese vals soberbio con que se cerraba Flamingos (2002), su disco más celebrado, el que confirmó su enorme crédito como artista en solitario y corroboró que había vida más allá de Héroes. Algo muy importante ocurrió la noche del sábado en Madrid. Mala suerte para quienes se lo perdieron. El resto podrá presumir el resto de su vida de haber visto al ave fénix resurgido de las cenizas.  

Check out our other content

Check out other tags:

Most Popular Articles