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domingo, julio 14, 2024

Cuando se inauguró, todos se pusieron de acuerdo: a nadie le gustaba el Hirshhorn

DAVID RAUDALES BLOGCuando se inauguró, todos se pusieron de acuerdo: a nadie le gustaba el Hirshhorn

WASHINGTON. Dos estilos arquitectónicos han servido tradicionalmente a Washington para hablar el lenguaje del poder, tal vez el único que la capital entiende. Por un lado, está el neoclasicismo, de la Casa Blanca al Capitolio, con su pulcra fe en los ideales de la democracia. Por el otro, el brutalismo, sombrío, barato y versátil, sirvió al gobierno estadounidense a mediados del siglo XX para albergar a una Administración en pleno crecimiento y para proyectar la imagen de su dominio sobre el mundo libre.

Está el subte y está la sede de pesadilla del FBI. Hay edificios de apartamentos, embajadas y el magistral Departamento de Vivienda de Marcel Breuer, así como un museo redondo, el Hirshhorn, cuya inauguración hace justo medio siglo logró, en una ciudad acostumbrada al desacuerdo, poner a casi todos en su contra.

Mecenas, coleccionista, activista: la baronesa Thyssen, una vida de cuento de hadas y riquezas

Con su forma monolito circular sin casi ventanas elevado sobre cuatro pilares, al Museo y Jardín de Escultura Hirshhorn rápidamente lo compararon con un gran donut de hormigón, un búnker, una torreta militar o un tanque de gasolina. Ada Louise Huxtable, temible crítica de arquitectura de The New York Times, hasta se inventó una etiqueta: “Su estilo neo-penitenciaría nace muerto”, escribió.

El tiempo acabó colocando las cosas de la estética en su sitio y el edificio de Gordon Bunshaft, del despacho Skidmore, Owings y Merrill, es hoy un icono más del National Mall, aunque el mundo siga dividiéndose entre quienes ven en el brutalismo la sublime expresión del sueño modernista y quienes siguen sin poder evitar pensar en un parking cuando contemplan esos edificios.

El Hirshhorn pertenece a la red del Smithsonian y es el único museo nacional dedicado en Estados Unidos exclusivamente al arte moderno y contemporáneo. “No solo eso, también es el único cuya entrada es gratuita”, explica con orgullo su directora, la australiana Melissa Chiu, en una entrevista en su despacho del último piso del museo.

Chiu asumió el cargo en 2014, año de la celebración del 40º aniversario. Su misión primordial sigue siendo velar por la donación de algo más de 12.000 obras de Joseph Hirshhorn (1899-1980), empresario letón que, si bien hizo su fortuna gracias al uranio, era conocido por inventarse historias para abandonar las juntas directivas de sus negocios e ir a satisfacer sus ansias coleccionistas.

También era famoso por comprar impulsivamente exposiciones enteras o todo lo que hubiese disponible en el taller de este o aquel artista, y por hacerlo, hasta mediados de los cincuenta, sin ayuda de ningún asesor. Stéphane Aquin explica en uno de los textos del catálogo de la colección que en los buenos tiempos (hasta mediados de los 60), Hirshhorn compraba “a un ritmo excepcional de dos obras por día”.

Unas 200 de esas piezas conforman la exposición Revolutions, la primera de las tres con las que el museo piensa conmemorar los 50 años de su apertura, el 4 de octubre de 1974. La propuesta abarca un siglo de arte, entre 1860 y 1960. La lista, a la que se llegó “tras un arduo proceso de selección”, aclara la conservadora Marina Isgro, comisaria de la muestra junto a Betsy Johnson, es una reunión incomparable de obras maestras, que empieza con una escultura de Rodin y continúa entre mondrians, picassos, brancusis, o’keeffes, twomblys, una buena ración de giacomettis y de calders, un sublime óleo de Lee Krashner y dos extraordinarios mirós. En este medio siglo, nunca se habían expuesto tantas juntas de una sola vez.

Hay 64 piezas que nunca se han visto, como un libro pintado de Sonia Delaunay, por fin datado correctamente en 1914, que se codea con una espectacular vista aérea de la torre Eiffel de su marido, Robert Delaunay […].

El primer propósito queda resumido en la yuxtaposición en mitad de un discurso fundamentalmente cronológico de parejas anacrónicas como la que forman uno de los famosos cuadros de boxeo de George Bellows y una pieza de la serie sobre la NBA de Paul Pfeiffer. El segundo propósito lo han logrado Isgro y Johnson dando relieve a ciertas obras de la colección (como una pintura de la alemana Janet Sobel) e introduciendo creadores negros (Torkwase Dyson, Nathaniel Mary Quinn), retratistas ghanesas (Amoako Boafo) o pintoras nativoamericanas (Dyani White Hawk).

Al final del recorrido, que parte por la mitad la obra Four Talks, una habitación negra con mensajes en letras blancas que Laurie Anderson creó para la exposición temporal que el museo le dedicó en 2021 y se ha quedado de manera permanente, un cartel recuerda que Hirshhorn coleccionaba como “un hombre blanco occidental” y que los conservadores de la institución se han servido del programa de adquisiciones para subsanar la “infrarrepresentación de obras de mujeres y de artistas de color”.

Esa exposición, explica Chiu, es “una manera de reconocer el pasado, el origen del museo” y, al mismo tiempo, de “mostrar la evolución de las responsabilidades de una institución como esta”. “¿Cómo reflejar lo que está pasando hoy? ¿Qué piensan los artistas y cómo nos enfrentamos a la responsabilidad de coleccionar para la posteridad? En el tiempo de Hirshhorn podías contar los coleccionistas de su categoría con los dedos de una mano. Ahora hay muchísimos más, y no siempre es posible competir con ellos. Eso determina nuestros intereses a la hora de comprar. En consecuencia, nos fijamos en nombres emergentes o que no ocupan un lugar central en el mercado”, añade la directora, que recuerda que cuando llegó al puesto se dio cuenta de que hasta entonces solo había habido una exposición importante de una artista femenina.

En otro ejemplo de su generosidad, Hirshhorn dio permiso en los documentos fundacionales del museo para que sus responsables se pudieran deshacer de algunos fondos con el fin de financiar nuevas adquisiciones. En el año fiscal de 2023, la institución compró más de 80 obras de 45 artistas, algunas de las cuales se adquirieron a medias con otros centros de Smithsonian.

Chiu recuerda que el origen del museo es muy anterior a la apertura del edificio. “El Congreso decidió dotar a Washington de un centro de arte moderno. Y a Dillon Ripley, secretario por aquel entonces del Smithsonian, se le encendió la luz en una exposición que el Guggenheim de Nueva York dedicó en 1962 a la colección de escultura moderna de Hirshhorn. ¿Por qué no ir a por esa colección?”, aclara. Ahí comenzó el cortejo al empresario, cuyos tesoros querían otras ciudades, de Londres a Zúrich, y de Florencia a Tel Aviv.

Para asegurar su mudanza a Washington, resultó fundamental la implicación de la primera dama Ladybird Johnson, esposa de Lyndon B. Johnson. La pareja lo invitó a comer a la Casa Blanca y para un inmigrante judío llegado de niño a Estados Unidos aquel truco fue difícil de resistir. Cuando abrió el museo, este explicó en un discurso que la donación en 1966 de 6000 obras y de otras 6400 en la hora de su muerte era “una manera modesta de devolver a la nación” lo que esta le había dado a él “y a otros que llegaron como inmigrantes”.

El Congreso designó un espacio, donde antes estuvo un museo dedicado a la medicina militar, así como 15 millones de dólares a la operación, y el coleccionista sumó otro millón para la construcción del edificio brutalista y del jardín adyacente, donde se exponen al aire libre obras maestras de Rodin o Henry Moore y hay un árbol de los deseos de Yoko Ono. El jardín está ahora mismo cerrado, mientras se somete a una renovación, la segunda de su historia, proyectada por el fotógrafo conceptual japonés Hiroshi Sugimoto. Famoso por sus imágenes en blanco y negro que reflexionan sobre el tiempo y la modernidad, Sugimoto ya rediseñó en 2008 el lobby del museo.

Chiu tiene en mitad de su despacho una maqueta del nuevo jardín, tal vez para no olvidar que no siempre es fácil en Washington sacar un proyecto así adelante: poco antes de su llegada al cargo se canceló el polémico plan de crear una estructura inflable en el patio, y el del jardín puede ser la aportación más duradera de la directora a la ciudad en la que vive desde hace una década.

Bunshaft ideó el espacio para exponer esculturas, una parte esencial de la colección Hirshhorn, como una especie de recinto semivallado y hundido con respecto al Mall. Tras su remodelación, no exenta de controversia por la elección de materiales y porque creará un nuevo estanque, el jardín ganará cuando reabra en 2026 en accesibilidad, confía Chiu. “Se convertirá en la puerta de entrada natural al museo. Hasta ahora, solo recibía unos 150.000 visitantes, frente al cerca de un millón que accedía al edificio en las cifras que manejábamos antes de la pandemia. Teniendo en cuenta que el Mall lo visitan entre 25 y 35 millones de personas cada año creo que podemos aspirar a que, si lo abrimos a ese espacio, esos números mejorarán”, explica. Entre enero y diciembre de 2023, el Hirshhorn, con el jardín cerrado, recibió 714,684 visitas.

Sugimoto tuvo su exposición en el Hirshhorn en 2006, y desde entonces ha permanecido vinculado al museo, que acostumbra a cultivar las relaciones de los artistas con los que trabaja. A veces, una pieza de una muestra temporal se queda en régimen permanente, como en el caso de la de Laurie Anderson o como sucedió con el panóptico de 130 metros lineales que Mark Bradford creó en 2017 a partir del ciclorama de Paul Philippoteaux sobre la batalla de Gettysburg (hoy en el museo de Pensilvania que conmemora aquella gesta militar de la Guerra de Secesión).

En otras ocasiones, como en el caso de Theaster Gates, esos artistas acaban en la junta directiva del Hirshhorn. Gates, recuerda Chiu, los ayudó durante la pandemia a pensar qué debía hacer un museo para seguir cumpliendo su función mientras permanecía cerrado durante casi dos años. Pidieron a unos 50 creadores de todo el mundo que les mandaran videos sobre cómo vivían aquellos meses de confinamiento. “También tuvimos la oportunidad de poner en práctica todas nuestras ideas sobre lo que debía ser un museo virtual. Trasladamos a internet lo que hacíamos en el edificio: exposiciones, charlas con creadores, hasta organizamos una gala…”, añade la directora. Asimismo, se aprovechó para hacer mejoras en el edificio.

Los próximos en exponer serán Os Gêmeos; los grafiteros brasileños trabajan estos días in situ en las salas del Hirshhorn preparando la muestra, cuya inauguración está prevista para finales de septiembre. Pocos días después de eso, hará 50 años desde que en Washington aterrizó un monolito brutalista en el gran parque neoclásico que era entonces el Mall para modernizar ese enorme espacio simbólico en el que Estados Unidos se cuenta a sí misma su historia y, de paso, la oferta artística de la ciudad.

WASHINGTON. Dos estilos arquitectónicos han servido tradicionalmente a Washington para hablar el lenguaje del poder, tal vez el único que la capital entiende. Por un lado, está el neoclasicismo, de la Casa Blanca al Capitolio, con su pulcra fe en los ideales de la democracia. Por el otro, el brutalismo, sombrío, barato y versátil, sirvió al gobierno estadounidense a mediados del siglo XX para albergar a una Administración en pleno crecimiento y para proyectar la imagen de su dominio sobre el mundo libre.

Está el subte y está la sede de pesadilla del FBI. Hay edificios de apartamentos, embajadas y el magistral Departamento de Vivienda de Marcel Breuer, así como un museo redondo, el Hirshhorn, cuya inauguración hace justo medio siglo logró, en una ciudad acostumbrada al desacuerdo, poner a casi todos en su contra.

Mecenas, coleccionista, activista: la baronesa Thyssen, una vida de cuento de hadas y riquezas

Con su forma monolito circular sin casi ventanas elevado sobre cuatro pilares, al Museo y Jardín de Escultura Hirshhorn rápidamente lo compararon con un gran donut de hormigón, un búnker, una torreta militar o un tanque de gasolina. Ada Louise Huxtable, temible crítica de arquitectura de The New York Times, hasta se inventó una etiqueta: “Su estilo neo-penitenciaría nace muerto”, escribió.

El tiempo acabó colocando las cosas de la estética en su sitio y el edificio de Gordon Bunshaft, del despacho Skidmore, Owings y Merrill, es hoy un icono más del National Mall, aunque el mundo siga dividiéndose entre quienes ven en el brutalismo la sublime expresión del sueño modernista y quienes siguen sin poder evitar pensar en un parking cuando contemplan esos edificios.

El Hirshhorn pertenece a la red del Smithsonian y es el único museo nacional dedicado en Estados Unidos exclusivamente al arte moderno y contemporáneo. “No solo eso, también es el único cuya entrada es gratuita”, explica con orgullo su directora, la australiana Melissa Chiu, en una entrevista en su despacho del último piso del museo.

Chiu asumió el cargo en 2014, año de la celebración del 40º aniversario. Su misión primordial sigue siendo velar por la donación de algo más de 12.000 obras de Joseph Hirshhorn (1899-1980), empresario letón que, si bien hizo su fortuna gracias al uranio, era conocido por inventarse historias para abandonar las juntas directivas de sus negocios e ir a satisfacer sus ansias coleccionistas.

También era famoso por comprar impulsivamente exposiciones enteras o todo lo que hubiese disponible en el taller de este o aquel artista, y por hacerlo, hasta mediados de los cincuenta, sin ayuda de ningún asesor. Stéphane Aquin explica en uno de los textos del catálogo de la colección que en los buenos tiempos (hasta mediados de los 60), Hirshhorn compraba “a un ritmo excepcional de dos obras por día”.

Unas 200 de esas piezas conforman la exposición Revolutions, la primera de las tres con las que el museo piensa conmemorar los 50 años de su apertura, el 4 de octubre de 1974. La propuesta abarca un siglo de arte, entre 1860 y 1960. La lista, a la que se llegó “tras un arduo proceso de selección”, aclara la conservadora Marina Isgro, comisaria de la muestra junto a Betsy Johnson, es una reunión incomparable de obras maestras, que empieza con una escultura de Rodin y continúa entre mondrians, picassos, brancusis, o’keeffes, twomblys, una buena ración de giacomettis y de calders, un sublime óleo de Lee Krashner y dos extraordinarios mirós. En este medio siglo, nunca se habían expuesto tantas juntas de una sola vez.

Hay 64 piezas que nunca se han visto, como un libro pintado de Sonia Delaunay, por fin datado correctamente en 1914, que se codea con una espectacular vista aérea de la torre Eiffel de su marido, Robert Delaunay […].

El primer propósito queda resumido en la yuxtaposición en mitad de un discurso fundamentalmente cronológico de parejas anacrónicas como la que forman uno de los famosos cuadros de boxeo de George Bellows y una pieza de la serie sobre la NBA de Paul Pfeiffer. El segundo propósito lo han logrado Isgro y Johnson dando relieve a ciertas obras de la colección (como una pintura de la alemana Janet Sobel) e introduciendo creadores negros (Torkwase Dyson, Nathaniel Mary Quinn), retratistas ghanesas (Amoako Boafo) o pintoras nativoamericanas (Dyani White Hawk).

Al final del recorrido, que parte por la mitad la obra Four Talks, una habitación negra con mensajes en letras blancas que Laurie Anderson creó para la exposición temporal que el museo le dedicó en 2021 y se ha quedado de manera permanente, un cartel recuerda que Hirshhorn coleccionaba como “un hombre blanco occidental” y que los conservadores de la institución se han servido del programa de adquisiciones para subsanar la “infrarrepresentación de obras de mujeres y de artistas de color”.

Esa exposición, explica Chiu, es “una manera de reconocer el pasado, el origen del museo” y, al mismo tiempo, de “mostrar la evolución de las responsabilidades de una institución como esta”. “¿Cómo reflejar lo que está pasando hoy? ¿Qué piensan los artistas y cómo nos enfrentamos a la responsabilidad de coleccionar para la posteridad? En el tiempo de Hirshhorn podías contar los coleccionistas de su categoría con los dedos de una mano. Ahora hay muchísimos más, y no siempre es posible competir con ellos. Eso determina nuestros intereses a la hora de comprar. En consecuencia, nos fijamos en nombres emergentes o que no ocupan un lugar central en el mercado”, añade la directora, que recuerda que cuando llegó al puesto se dio cuenta de que hasta entonces solo había habido una exposición importante de una artista femenina.

En otro ejemplo de su generosidad, Hirshhorn dio permiso en los documentos fundacionales del museo para que sus responsables se pudieran deshacer de algunos fondos con el fin de financiar nuevas adquisiciones. En el año fiscal de 2023, la institución compró más de 80 obras de 45 artistas, algunas de las cuales se adquirieron a medias con otros centros de Smithsonian.

Chiu recuerda que el origen del museo es muy anterior a la apertura del edificio. “El Congreso decidió dotar a Washington de un centro de arte moderno. Y a Dillon Ripley, secretario por aquel entonces del Smithsonian, se le encendió la luz en una exposición que el Guggenheim de Nueva York dedicó en 1962 a la colección de escultura moderna de Hirshhorn. ¿Por qué no ir a por esa colección?”, aclara. Ahí comenzó el cortejo al empresario, cuyos tesoros querían otras ciudades, de Londres a Zúrich, y de Florencia a Tel Aviv.

Para asegurar su mudanza a Washington, resultó fundamental la implicación de la primera dama Ladybird Johnson, esposa de Lyndon B. Johnson. La pareja lo invitó a comer a la Casa Blanca y para un inmigrante judío llegado de niño a Estados Unidos aquel truco fue difícil de resistir. Cuando abrió el museo, este explicó en un discurso que la donación en 1966 de 6000 obras y de otras 6400 en la hora de su muerte era “una manera modesta de devolver a la nación” lo que esta le había dado a él “y a otros que llegaron como inmigrantes”.

El Congreso designó un espacio, donde antes estuvo un museo dedicado a la medicina militar, así como 15 millones de dólares a la operación, y el coleccionista sumó otro millón para la construcción del edificio brutalista y del jardín adyacente, donde se exponen al aire libre obras maestras de Rodin o Henry Moore y hay un árbol de los deseos de Yoko Ono. El jardín está ahora mismo cerrado, mientras se somete a una renovación, la segunda de su historia, proyectada por el fotógrafo conceptual japonés Hiroshi Sugimoto. Famoso por sus imágenes en blanco y negro que reflexionan sobre el tiempo y la modernidad, Sugimoto ya rediseñó en 2008 el lobby del museo.

Chiu tiene en mitad de su despacho una maqueta del nuevo jardín, tal vez para no olvidar que no siempre es fácil en Washington sacar un proyecto así adelante: poco antes de su llegada al cargo se canceló el polémico plan de crear una estructura inflable en el patio, y el del jardín puede ser la aportación más duradera de la directora a la ciudad en la que vive desde hace una década.

Bunshaft ideó el espacio para exponer esculturas, una parte esencial de la colección Hirshhorn, como una especie de recinto semivallado y hundido con respecto al Mall. Tras su remodelación, no exenta de controversia por la elección de materiales y porque creará un nuevo estanque, el jardín ganará cuando reabra en 2026 en accesibilidad, confía Chiu. “Se convertirá en la puerta de entrada natural al museo. Hasta ahora, solo recibía unos 150.000 visitantes, frente al cerca de un millón que accedía al edificio en las cifras que manejábamos antes de la pandemia. Teniendo en cuenta que el Mall lo visitan entre 25 y 35 millones de personas cada año creo que podemos aspirar a que, si lo abrimos a ese espacio, esos números mejorarán”, explica. Entre enero y diciembre de 2023, el Hirshhorn, con el jardín cerrado, recibió 714,684 visitas.

Sugimoto tuvo su exposición en el Hirshhorn en 2006, y desde entonces ha permanecido vinculado al museo, que acostumbra a cultivar las relaciones de los artistas con los que trabaja. A veces, una pieza de una muestra temporal se queda en régimen permanente, como en el caso de la de Laurie Anderson o como sucedió con el panóptico de 130 metros lineales que Mark Bradford creó en 2017 a partir del ciclorama de Paul Philippoteaux sobre la batalla de Gettysburg (hoy en el museo de Pensilvania que conmemora aquella gesta militar de la Guerra de Secesión).

En otras ocasiones, como en el caso de Theaster Gates, esos artistas acaban en la junta directiva del Hirshhorn. Gates, recuerda Chiu, los ayudó durante la pandemia a pensar qué debía hacer un museo para seguir cumpliendo su función mientras permanecía cerrado durante casi dos años. Pidieron a unos 50 creadores de todo el mundo que les mandaran videos sobre cómo vivían aquellos meses de confinamiento. “También tuvimos la oportunidad de poner en práctica todas nuestras ideas sobre lo que debía ser un museo virtual. Trasladamos a internet lo que hacíamos en el edificio: exposiciones, charlas con creadores, hasta organizamos una gala…”, añade la directora. Asimismo, se aprovechó para hacer mejoras en el edificio.

Los próximos en exponer serán Os Gêmeos; los grafiteros brasileños trabajan estos días in situ en las salas del Hirshhorn preparando la muestra, cuya inauguración está prevista para finales de septiembre. Pocos días después de eso, hará 50 años desde que en Washington aterrizó un monolito brutalista en el gran parque neoclásico que era entonces el Mall para modernizar ese enorme espacio simbólico en el que Estados Unidos se cuenta a sí misma su historia y, de paso, la oferta artística de la ciudad.

 WASHINGTON. Dos estilos arquitectónicos han servido tradicionalmente a Washington para hablar el lenguaje del poder, tal vez el único que la capital entiende. Por un lado, está el neoclasicismo, de la Casa Blanca al Capitolio, con su pulcra fe en los ideales de la democracia. Por el otro, el brutalismo, sombrío, barato y versátil, sirvió al gobierno estadounidense a mediados del siglo XX para albergar a una Administración en pleno crecimiento y para proyectar la imagen de su dominio sobre el mundo libre. Está el subte y está la sede de pesadilla del FBI. Hay edificios de apartamentos, embajadas y el magistral Departamento de Vivienda de Marcel Breuer, así como un museo redondo, el Hirshhorn, cuya inauguración hace justo medio siglo logró, en una ciudad acostumbrada al desacuerdo, poner a casi todos en su contra.Mecenas, coleccionista, activista: la baronesa Thyssen, una vida de cuento de hadas y riquezasCon su forma monolito circular sin casi ventanas elevado sobre cuatro pilares, al Museo y Jardín de Escultura Hirshhorn rápidamente lo compararon con un gran donut de hormigón, un búnker, una torreta militar o un tanque de gasolina. Ada Louise Huxtable, temible crítica de arquitectura de The New York Times, hasta se inventó una etiqueta: “Su estilo neo-penitenciaría nace muerto”, escribió. El tiempo acabó colocando las cosas de la estética en su sitio y el edificio de Gordon Bunshaft, del despacho Skidmore, Owings y Merrill, es hoy un icono más del National Mall, aunque el mundo siga dividiéndose entre quienes ven en el brutalismo la sublime expresión del sueño modernista y quienes siguen sin poder evitar pensar en un parking cuando contemplan esos edificios.El Hirshhorn pertenece a la red del Smithsonian y es el único museo nacional dedicado en Estados Unidos exclusivamente al arte moderno y contemporáneo. “No solo eso, también es el único cuya entrada es gratuita”, explica con orgullo su directora, la australiana Melissa Chiu, en una entrevista en su despacho del último piso del museo.Chiu asumió el cargo en 2014, año de la celebración del 40º aniversario. Su misión primordial sigue siendo velar por la donación de algo más de 12.000 obras de Joseph Hirshhorn (1899-1980), empresario letón que, si bien hizo su fortuna gracias al uranio, era conocido por inventarse historias para abandonar las juntas directivas de sus negocios e ir a satisfacer sus ansias coleccionistas. También era famoso por comprar impulsivamente exposiciones enteras o todo lo que hubiese disponible en el taller de este o aquel artista, y por hacerlo, hasta mediados de los cincuenta, sin ayuda de ningún asesor. Stéphane Aquin explica en uno de los textos del catálogo de la colección que en los buenos tiempos (hasta mediados de los 60), Hirshhorn compraba “a un ritmo excepcional de dos obras por día”.Unas 200 de esas piezas conforman la exposición Revolutions, la primera de las tres con las que el museo piensa conmemorar los 50 años de su apertura, el 4 de octubre de 1974. La propuesta abarca un siglo de arte, entre 1860 y 1960. La lista, a la que se llegó “tras un arduo proceso de selección”, aclara la conservadora Marina Isgro, comisaria de la muestra junto a Betsy Johnson, es una reunión incomparable de obras maestras, que empieza con una escultura de Rodin y continúa entre mondrians, picassos, brancusis, o’keeffes, twomblys, una buena ración de giacomettis y de calders, un sublime óleo de Lee Krashner y dos extraordinarios mirós. En este medio siglo, nunca se habían expuesto tantas juntas de una sola vez.Hay 64 piezas que nunca se han visto, como un libro pintado de Sonia Delaunay, por fin datado correctamente en 1914, que se codea con una espectacular vista aérea de la torre Eiffel de su marido, Robert Delaunay […].El primer propósito queda resumido en la yuxtaposición en mitad de un discurso fundamentalmente cronológico de parejas anacrónicas como la que forman uno de los famosos cuadros de boxeo de George Bellows y una pieza de la serie sobre la NBA de Paul Pfeiffer. El segundo propósito lo han logrado Isgro y Johnson dando relieve a ciertas obras de la colección (como una pintura de la alemana Janet Sobel) e introduciendo creadores negros (Torkwase Dyson, Nathaniel Mary Quinn), retratistas ghanesas (Amoako Boafo) o pintoras nativoamericanas (Dyani White Hawk).Al final del recorrido, que parte por la mitad la obra Four Talks, una habitación negra con mensajes en letras blancas que Laurie Anderson creó para la exposición temporal que el museo le dedicó en 2021 y se ha quedado de manera permanente, un cartel recuerda que Hirshhorn coleccionaba como “un hombre blanco occidental” y que los conservadores de la institución se han servido del programa de adquisiciones para subsanar la “infrarrepresentación de obras de mujeres y de artistas de color”.Esa exposición, explica Chiu, es “una manera de reconocer el pasado, el origen del museo” y, al mismo tiempo, de “mostrar la evolución de las responsabilidades de una institución como esta”. “¿Cómo reflejar lo que está pasando hoy? ¿Qué piensan los artistas y cómo nos enfrentamos a la responsabilidad de coleccionar para la posteridad? En el tiempo de Hirshhorn podías contar los coleccionistas de su categoría con los dedos de una mano. Ahora hay muchísimos más, y no siempre es posible competir con ellos. Eso determina nuestros intereses a la hora de comprar. En consecuencia, nos fijamos en nombres emergentes o que no ocupan un lugar central en el mercado”, añade la directora, que recuerda que cuando llegó al puesto se dio cuenta de que hasta entonces solo había habido una exposición importante de una artista femenina.En otro ejemplo de su generosidad, Hirshhorn dio permiso en los documentos fundacionales del museo para que sus responsables se pudieran deshacer de algunos fondos con el fin de financiar nuevas adquisiciones. En el año fiscal de 2023, la institución compró más de 80 obras de 45 artistas, algunas de las cuales se adquirieron a medias con otros centros de Smithsonian.Chiu recuerda que el origen del museo es muy anterior a la apertura del edificio. “El Congreso decidió dotar a Washington de un centro de arte moderno. Y a Dillon Ripley, secretario por aquel entonces del Smithsonian, se le encendió la luz en una exposición que el Guggenheim de Nueva York dedicó en 1962 a la colección de escultura moderna de Hirshhorn. ¿Por qué no ir a por esa colección?”, aclara. Ahí comenzó el cortejo al empresario, cuyos tesoros querían otras ciudades, de Londres a Zúrich, y de Florencia a Tel Aviv.Para asegurar su mudanza a Washington, resultó fundamental la implicación de la primera dama Ladybird Johnson, esposa de Lyndon B. Johnson. La pareja lo invitó a comer a la Casa Blanca y para un inmigrante judío llegado de niño a Estados Unidos aquel truco fue difícil de resistir. Cuando abrió el museo, este explicó en un discurso que la donación en 1966 de 6000 obras y de otras 6400 en la hora de su muerte era “una manera modesta de devolver a la nación” lo que esta le había dado a él “y a otros que llegaron como inmigrantes”.El Congreso designó un espacio, donde antes estuvo un museo dedicado a la medicina militar, así como 15 millones de dólares a la operación, y el coleccionista sumó otro millón para la construcción del edificio brutalista y del jardín adyacente, donde se exponen al aire libre obras maestras de Rodin o Henry Moore y hay un árbol de los deseos de Yoko Ono. El jardín está ahora mismo cerrado, mientras se somete a una renovación, la segunda de su historia, proyectada por el fotógrafo conceptual japonés Hiroshi Sugimoto. Famoso por sus imágenes en blanco y negro que reflexionan sobre el tiempo y la modernidad, Sugimoto ya rediseñó en 2008 el lobby del museo.Chiu tiene en mitad de su despacho una maqueta del nuevo jardín, tal vez para no olvidar que no siempre es fácil en Washington sacar un proyecto así adelante: poco antes de su llegada al cargo se canceló el polémico plan de crear una estructura inflable en el patio, y el del jardín puede ser la aportación más duradera de la directora a la ciudad en la que vive desde hace una década.Bunshaft ideó el espacio para exponer esculturas, una parte esencial de la colección Hirshhorn, como una especie de recinto semivallado y hundido con respecto al Mall. Tras su remodelación, no exenta de controversia por la elección de materiales y porque creará un nuevo estanque, el jardín ganará cuando reabra en 2026 en accesibilidad, confía Chiu. “Se convertirá en la puerta de entrada natural al museo. Hasta ahora, solo recibía unos 150.000 visitantes, frente al cerca de un millón que accedía al edificio en las cifras que manejábamos antes de la pandemia. Teniendo en cuenta que el Mall lo visitan entre 25 y 35 millones de personas cada año creo que podemos aspirar a que, si lo abrimos a ese espacio, esos números mejorarán”, explica. Entre enero y diciembre de 2023, el Hirshhorn, con el jardín cerrado, recibió 714,684 visitas.Sugimoto tuvo su exposición en el Hirshhorn en 2006, y desde entonces ha permanecido vinculado al museo, que acostumbra a cultivar las relaciones de los artistas con los que trabaja. A veces, una pieza de una muestra temporal se queda en régimen permanente, como en el caso de la de Laurie Anderson o como sucedió con el panóptico de 130 metros lineales que Mark Bradford creó en 2017 a partir del ciclorama de Paul Philippoteaux sobre la batalla de Gettysburg (hoy en el museo de Pensilvania que conmemora aquella gesta militar de la Guerra de Secesión).En otras ocasiones, como en el caso de Theaster Gates, esos artistas acaban en la junta directiva del Hirshhorn. Gates, recuerda Chiu, los ayudó durante la pandemia a pensar qué debía hacer un museo para seguir cumpliendo su función mientras permanecía cerrado durante casi dos años. Pidieron a unos 50 creadores de todo el mundo que les mandaran videos sobre cómo vivían aquellos meses de confinamiento. “También tuvimos la oportunidad de poner en práctica todas nuestras ideas sobre lo que debía ser un museo virtual. Trasladamos a internet lo que hacíamos en el edificio: exposiciones, charlas con creadores, hasta organizamos una gala…”, añade la directora. Asimismo, se aprovechó para hacer mejoras en el edificio.Los próximos en exponer serán Os Gêmeos; los grafiteros brasileños trabajan estos días in situ en las salas del Hirshhorn preparando la muestra, cuya inauguración está prevista para finales de septiembre. Pocos días después de eso, hará 50 años desde que en Washington aterrizó un monolito brutalista en el gran parque neoclásico que era entonces el Mall para modernizar ese enorme espacio simbólico en el que Estados Unidos se cuenta a sí misma su historia y, de paso, la oferta artística de la ciudad.  

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