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Barry Adamson, el gran tapado del rock británico: “Mis primeros 36 años fueron una película mala y extraña”

DAVID RAUDALES BLOGBarry Adamson, el gran tapado del rock británico: “Mis primeros 36 años fueron una película mala y extraña”

Es uno de los grandes talentos inadvertidos para el gran público de la música popular de las últimas décadas. Tocó el bajo en Magazine, los Bad Seeds de Nick Cave y junto a Iggy Pop, y a partir de finales de los años 80 se labró una carrera a nombre propio como músico total, compositor de fascinantes discos de tramas sonoras evocadoras, profundamente cinemáticas, solventando también bandas sonoras para cineastas como David LynchDerek Jarman o Danny Boyle. A Barry Adamson (Manchester, Reino Unido, 1958) le cambió la vida cuando con solo siete años descubrió la música de John Barry en la banda sonora de Goldfinger (1965), junto a sus padres en un cine de Morecambe, en la costa oeste inglesa. Supo que acabaría siendo el nuevo gran Barry.

Su música, alimentada por igual por la energía del punk, el soul, el rock o el blues, goza ahora de un nuevo capítulo con Cut To Black (2024), un décimo álbum disponible desde el 17 de mayo, que presenta aquí este viernes en la sala Apolo de Barcelona y, el 21, en el Azkena Rock Festival de Vitoria. Un trabajo que casi coincide con la publicación en castellano de su estupendo libro autobiográfico, Por encima de la ciudad, por debajo de las estrellas. De Magazine y los Bad Seeds al submundo y más allá (2024), unas memorias tremendamente honestas en las que habla sobre su adicción a las drogas, los problemas derivados de una rara enfermedad congénita y su condición mestiza, hijo de padre jamaicano y negro y madre británica y blanca.

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Barry Adamson, en una imagen promocional.
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-Cut To Black (2024) no es gospel, no es soul, no es blues y no es rock’ n’ roll, dice la nota promocional, imagino que quizá porque es todas esas cosas a la vez.

– Exactamente. Es como yo, en realidad, si lo piensas. Procedo de distintas escuelas musicales, y en este álbum he tratado de combinarlas de un modo que espero sea interesante. Todos esos elementos están ahí, pero al mezclaros se convierten en otra cosa. No sé muy bien cómo describirlo, por eso lo hago desde esa negación. Espero que el oyente lo pille, de algún modo.

 –The Last Words Of Sam Cooke fue su primer adelanto. ¿Significó Sam Cooke algo para usted como niño, teniendo en cuenta que murió asesinado por la gerente de un hotel en 1964, cuando apenas tenías seis años?

– Sí, era un crío, supe en realidad de su vida mucho después, pero siempre ha formado parte de mi paisaje musical, y siempre me ha fascinado su historia personal. Me permití una licencia literaria para imaginar qué se le debió pasar por la cabeza justo antes de su trágico final. Es mi forma de trabajar, porque combina un tono de cine negro, de detectives, con una personalidad bella por un lado pero también problemática, y podía relacionarlos con su dolor y su tragedia. Es asombroso que escribiera y cantara esas canciones en un tiempo tan oscuro para él, también para la gente negra en general, en Norteamérica. Me interesan como si fuera una película o un guion. Lo último que dijo fue “señorita, me ha disparado”. Es como un canto.

– Ha compuesto música para cineastas como David Lynch, Derek Jarman, Danny Boyle o Allison Anders. ¿Hay alguien con quien le gustaría trabajar y aún no lo haya hecho?

– Depende del proyecto, en realidad. Me cuesta pensar hoy en día en directores con un estilo tan específico. El último con quien he trabajado es Peter Strickland, director británico, pero lo hice como actor. Fue en su película In Fabric: Vistiendo la muerte (2018). Es uno de nuestros genios actuales, me gustaría volver a trabajar con él, pero ya como músico.

-¿Cree que escasea la personalidad en el cine de hoy en día?

– No estoy seguro, quizá tan solo se trate de que el talento está más volcado en la televisión, en las series, que ofrecen lo que el cine solía darnos durante un tiempo mucho más largo. Dentro del cine negro y de misterio hay cosas buenísimas en televisión, aunque a veces parezca que el director es anónimo. Quedan lejos los tiempos de Tarantino. Pero me gusta el sentimiento indie de algunas de las cosas que se hacen para televisión, y la tecnología ha avanzado mucho desde los setenta, permite hacer muchas más cosas. Puede que el cine haya perdido singularidad en su voz, pero siempre saldrá gente sorteando esa situación, al margen de esa industria de los blockbusters, con la que no tengo nada que ver.

– Tras leer su libro, me ha sorprendido que la aproximación narrativa es igual de cinematográfica que su música: se acerca a ella como una cámara externa, que narra incluso su propio nacimiento.

– Absolutamente. Mi idea era proyectarme como un personaje, de forma que pudiera hablar incluso de mi propio nacimiento como si fuera una película, jugando con la realidad, los sueños y lo que tenemos en mente. ¿Cómo sabemos lo que es real? Los primeros 36 años de mi vida fueron como una película mala y extraña. Tuvieron de todo: desamor, alegría, dolor, pérdidas… y pasas de uno a otro sentimiento en lo que dura una escena. Jugué con eso. Fue difícil, porque soy yo, pero no quería transmitirle al lector una historia básica y lineal, de sucede esto y luego lo otro, sino algo que fuera como la música, la poesía, que desechara el día a día.

-Me ha recordado mucho a las memorias de su amigo Kid Congo Powers (The Gun Club, The Cramps, The Bad Seeds), que se publicaron originalmente en inglés un poco después, y en las que también hablaba de una doble exclusión: la de ser chicano y gay en un entorno mayoritariamente blanco y hetero como era el punk californiano de los setenta y ochenta. En su caso, usted era mestizo y arrastró una enfermedad rara desde crío, la discondroplasia, que mermaba su movilidad.

– Exacto, lo hablamos y nos dimos cuenta de que ambos libros tenían mucho en común. Kid y yo somos como hermanos, aunque naciéramos en países distintos. Hemos pasado por lo mismo, compartido la misma pasión, formado parte de movimientos underground. La primera vez que él escuchó a los Ramones, y yo a los Clash o a los Sex Pistols, nos permitió a ambos dejar de sentirnos diferentes al resto, empezar a sentirnos parte de algo como personas. Fue muy importante para ambos ser aceptados como éramos, contra todas las dificultades.

– ¿Manejó algún referente literario?

– Hay un par de escritores que me gustan mucho: Hubert Selby Jr, a quien conocí en persona, que tiene un estilo muy poco académico, por ejemplo escribiendo en mayúsculas para expresar enfado o gritos de algunos de sus personajes, y me dio el valor para escribir tal y como yo quería, y también las novelas criminales de David Peace, muchas ambientadas en Yorkshire, como la del destripador de Yorkshire, y que emplea frases muy cortas, como extraídas de informes de detectives, propias del cine negro. No es que tuviera a ambos como referencia, pero sí como un modelo para darme el impulso de escribir como lo hice.

– Nunca he estado en Manchester y apenas conozco los barrios de Moss Side, Whalley Range o Hulme por las letras de algunas canciones de The Smiths. Usted se crió en sus calles, que no eran precisamente fáciles pero acogían a muchos artistas, que escapaban de los altos alquileres del centro de la ciudad. ¿Han cambiado mucho desde aquellos años sesenta y setenta?

– Han intentado darles un aspecto diferente, hace tiempo que no paso por allí, seguramente pronto lo haga, pero creo que hay elementos que se mantienen. Pervive un sentimiento que brota de diferentes artistas. Morrissey era muy inteligente a la hora de plasmar lo que estaba ocurriendo en ese contexto. Yo quería darle al lector unas pinceladas de contexto, pero destripando cómo eran esos barrios por dentro. No quedarme en la superficie.

– Me ha sorprendido descubrir que los primeros discos con los que se sintió identificado eran de Alice Cooper.

– Es muy extraño, no sé si es porque hay una parte de mí que se siente un outsider. Esos discos tenían algo de mí. En el colegio formas parte de un grupo de gente a la que le gustan distintos tipos de música, yo iba a conciertos todas las semanas, y cuando escuché los discos de Alice Cooper me di cuenta de que había algo en la forma en la que tocaban, escribían y combinaban elementos, que conectaba conmigo. En la adolescencia quieres rebelarte. Yo estaba en casa y cuando mis padres pasaban ante la puerta de mi habitación y escuchaban este ruido, pesaban que estaba como una cabra. Y a mí me encantaba. Si escuchas esos discos con atención, son geniales. Cada canción de School’s Out (1972) es una obra maestra. Suena raro, pero así lo viví y tuve que aceptarlo.

-Fue esclavo de las drogas durante décadas. Cuenta que un ingeniero de sonido, Roger The Dodger D’Arcy, prefería que el músico grabara bajo sus efectos. ¿Es el del rock un entorno tan nefasto para superar esa adicción?

– Para mí lo jodió todo (risas). No traen nada bueno. Espero que el modo en el que escribo sobre drogas en el libro desanime a cualquiera que sienta la tentación. Yo acabé en un hospital psiquiátrico. Es demasiado para cualquier persona. Sé que intentar aliviar el dolor con ellas era muy habitual, y que ahora es más fácil hablar sobre ello, antes permanecía en el underground, como algo de lo que avergonzarse. En el libro me permití utilizarlas para delinear el personaje (imaginario) del buitre, con quien mantengo conversaciones sin saber si me va a comer vivo o me va a llevar a algún otro lugar. No quería pintar las drogas como algo cool, algo que provoca la muerte de algunas personas pero, mira, resulta que no es para tanto. No. Ni mucho menos. Las drogas te llevan a un lugar muy peligroso, psicótico. Muy real y oscuro. No se lo deseo a nadie. Te privan del control, te dejan sin elección. Ahora sí tengo elección. La que decidí tomar hace 35 años.

– ¿Ha vivido en paz consigo mismo desde entonces?

– Ocasionalmente (risas).

– ¿Al menos ha desaparecido el buitre?

-El buitre a veces pasa volando por delante de mi ventana, le miro y le digo que se calle, y se pira (risas). En el momento que dejas las drogas te das cuenta también de por qué te diste a ellas. Ha sido un largo proceso de auto investigación para mí. He de admitir que desde entonces disfruto de periodos de paz interior más largos. Aunque aún hay trabajo que hacer. Pero dejar las drogas es posiblemente lo mejor que he hecho en mi vida.  

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